Hoy se celebra a San Francisco Solano, misionero franciscano en América, que vivió entre los siglos XVI y XVII. Consagró su vida a la evangelización de los indígenas y al acompañamiento espiritual de quienes llegaron como él al nuevo continente. Poseía una gran voz, alma musical y gran elocuencia. Se dice que tuvo don de lenguas fue habilísimo para hablar en las lenguas originarias de América y que hizo curaciones milagrosas.
Francisco Sánchez Solano Jiménez nació en 1549 en Montilla, Andalucía (España), en un hogar muy cristiano. Estudió con los jesuitas, pero ingresó a la Orden franciscana porque le atraía el espíritu de pobreza instaurado por San Francisco de Asís.
En 1570 hizo su profesión religiosa. Al poco tiempo fue enviado al convento sevillano de Nuestra Señora de Loreto donde estudió filosofía y teología y tuvo la posibilidad de desarrollar sus cualidades para la música y el canto. Francisco sabía tocar el rabel y la guitarra. Fue ordenado sacerdote en 1576.
Francisco poseía un espíritu muy alegre, y transmitía esa alegría a sus oyentes mientras cantaba o tocaba su rabel (instrumento semejante al violín). Cierto día llegó de visita a un convento limeño, en el que los religiosos parecían excesivamente serios y apocados. Entonces, recordando la alegría interior y exterior de la que hablaba San Francisco de Asís, se puso a cantarles y a danzar tan jocosamente que todos terminaron cantando en honor a nuestro Señor.
Posteriormente fue enviado a Trujillo (ciudad del norte del Perú), donde se dedicó de manera especial a cuidar de los enfermos. Una anciana leprosa se convirtió en su hija predilecta. A ella Francisco la acompañó siempre, manteniéndose cerca de ella y orando mucho para asegurarle la entrada al cielo.
