Misionero, evangelista y pastor. Maestro extraordinario y predicador elocuente. Plantador de iglesias, estratega y visionario. Quizá, después de nuestro Jesucristo, es el líder más influyente de toda la historia de la humanidad. Sin embargo, sobre todo, fue alguien que amó profundamente a Cristo en respuesta al evangelio.
Pablo nació en la ciudad de Tarso de Cilicia, hoy Turquía, en una familia judía, siendo ciudadano romano de nacimiento. Se cree que su padre fue un fariseo perteneciente a la tribu de Benjamín.
Su nombre —Pablo— significa “pequeño” y pudiera indicar que fue pequeño desde que nació. En el siglo II un escritor lo describió como “un hombre pequeño de estatura, con cabeza calva y piernas encorvadas, con su cuerpo en buen estado, con cejas tupidas y nariz un poco en forma de gancho, lleno de cordialidad; por ahora parecía un hombre y ahora tenía el rostro de un ángel”. Su nombre hebreo era Saulo, parecido al destacado rey Saúl de la historia judía. Sí, a diferencia de lo que muchos creen, Dios no le cambió el nombre de Pablo a Saulo.
