La confesión, así le llamamos al Sacramento de la Reconciliación. Este es el medio que Cristo nos dejó para reconciliarnos con Dios y con su Iglesia. Es el Sacramento de la Penitencia, ya que implica una vuelta a Dios y un alejamiento de nuestro egoísmo. Lo llamamos Confesión porque en este Sacramento “confesamos” o “declaramos” nuestros pecados. También es llamado, apropiadamente, el Sacramento del Perdón y la Paz, en el que Dios hace lo que nosotros no podemos hacer, perdonar nuestros pecados y llenar nuestras almas de paz.
Cada uno de nosotros puede y debe pedir perdón a Dios en todo momento, particularmente después de haber cometido un pecado mortal, antes de irse a dormir por la noche, o al inicio de la celebración de la Santa Misa. Pero Dios nos perdona algunos pecados, los pecados mortales, cuando nos acercamos arrepentidos al sacramento de la Confesión, querido e instituido por su Hijo Jesucristo.
Por otra parte, siendo Dios el que perdona, Él tiene el derecho de indicarnos el modo a través del cual Él nos concede su perdón. Ciertamente el pecado no es perdonado si no hay arrepentimiento personal, pero en el orden actual de la Providencia, la remisión está subordinada al cumplimiento de la voluntad positiva de Cristo, que ha vinculado la remisión de los pecados al ministerio eclesial o, al menos, a la voluntad de recurrir a él lo más pronto posible, cuando no exista la posibilidad inmediata de la confesión sacramental.
El pecar es ir en contra de la Ley de Dios mediante el pensamiento, la palabra, las obras o las omisiones. La ley de Dios está resumida por Jesús en amar a Dios por encima de todas las cosas y amar a nuestro prójimo como a nosotros mismos. La gravedad de un pecado no depende de lo mal que nos sintamos sobre algo que hemos podido hacer. Algunas personas se sienten muy mal por las cosas más insignificantes. Otras en cambio son capaces de cometer los mayores crímenes y no sentir nada o muy poco arrepentimiento.
Otros pecados son más serios o graves. A veces son llamados pecados mortales. Cuando nos referimos a un pecado como grave o serio nos estamos centrando en la ofensa objetiva que hacemos a Dios. Cuando nos referimos a un pecado como mortal nos estamos centrando en el daño que hacen esos pecados en nuestra relación con Dios.
El perdón de los pecados es una parte importante de la profesión de fe cristiana. Isaías profetizó “Si vuestros pecados fueren como la grana, como la nieve serán emblanquecidos” (Is. 1:18). Juan el Bautista preparó a la gente a la venida de Jesús exhortándoles a confesar sus pecados y a experimentar una limpieza simbólica en el río Jordán. La palabra Bautismo viene del griego “limpiar”.
Jesús, Dios hecho hombre, a través de su vida, muerte y resurrección trajo la reconciliación entre Dios y los hombres. Después de la resurrección, sopló sobre sus apóstoles y les dio el poder de perdonar los pecados. “Aquellos a los que les perdonéis los pecados les quedarán perdonados, a los que se los retengáis les quedarán retenidos” (Jn. 20:23).
Debemos acudir a la Confesión a menudo ya que con este Sacramento no sólo se nos perdonan los pecados, se nos da también la gracia de Dios que nos cura y fortalece por dentro, con el fin de santificarnos para llevar a cabo esa vocación a la que hemos sido llamados.
Los Católicos tienen la obligación de confesar sus pecados al menos una vez al año, pero en general se suele hacer uso de este maravilloso canal de gracia mensualmente o incluso quincenalmente. Es un buen hábito a desarrollar y los frutos son graduales pero seguros.
En el caso de un pecado mortal, debemos confesarnos inmediatamente después de haber cometido un pecado mortal, a fin de obtener inmediatamente el perdón y evitar la posibilidad del infierno en caso de muerte. Si no es posible confesarse inmediatamente por falta de un sacerdote, al menos se debe pedir perdón a Dios por el pecado cometido y buscar la confesión sacramental lo más pronto posible.
Nadie puede cancelar el pasado. Ni aún el mejor psicólogo puede librar al hombre del peso del pasado. Sólo la Omnipotencia de Dios puede, con su amor creador, construir con nosotros un nuevo comienzo, ésta es la grandeza del Sacramento del perdón.
El confesionario no es una lavandería que elimina las manchas de los pecados, ni una sesión de tortura, donde se infligen golpes, la confesión es, más bien, un encuentro con Jesús donde se toca de cerca su ternura.
