“Amén entró a las lenguas de Occidente a través del latín de la Iglesia, que a su vez lo tomó del griego y éste se derivó del hebreo. En hebreo, es un sustantivo que significa certeza o veracidad, relacionado con la palabra confirmar”, así lo indicó Jan Ziolkowski, profesor de latín medieval del Departamento de Clásicos de la Universidad de Harvard al medio ‘AFP’.
Esta palabra viene del verbo hebreo ‘aman’, que tiene la intención de afirmar algo, significa ‘que así sea’, ‘es así’ o ‘es verdad’ y se utiliza al terminar de agradecerle a Dios o pedirle una ayuda. Su influencia es tan grande, que es una de las pocas palabras que se pronuncian igual en casi todos los lugares del mundo, lo que la hace comprensible para la mayoría de la población, tanto así, que no se traduce sino que se transcribe, según explicó el portal ‘Biblia vida’.
En este texto sagrado la palabra ‘amén’ es utilizada con mucha frecuencia como la respuesta que le da el público a uno de los profetas cuando termina de dictar una profecía o hacer una oración.
Por ejemplo, en Deuteronomio 27:14-19, Moisés estaba dando a conocer los mandamientos al pueblo de Israel, a lo cual ellos dijeron ‘Amén’.
Los levitas recitarán a todo el pueblo de Israel en voz alta: “Maldito sea cualquiera que haga un ídolo, algo detestable para el Señor, el trabajo de manos hábiles, y lo establezca en secreto”. Entonces el pueblo dirá: “¡Amén!”. “Maldito sea cualquiera que deshonre a su padre o madre”. Entonces el pueblo dirá: “¡Amén!”.
Contrario a lo que se hace generalmente, Jesús decía “¡amén!” antes y después de cada oración. Desde un punto de vista Cristiano, esto se debe a que él “es el camino de verdad y vida”, lo que significa que sus palabras son la verdad absoluta, antes que todo, como se aclara en Mateo 7:29.
Además, como lo narra el libro de Apocalipsis 3:14, Jesús es el ‘Amén’ porque “es el testigo fiel y verdadero del principio de la creación de Dios”.
“Debemos entrar en este ‘sí’, entrar en este ‘sí’ de Cristo, en la adhesión a la voluntad de Dios, para llegar a afirmar con san Pablo que ya no vivimos nosotros, sino que es Cristo mismo quien vive en nosotros. Así, el ‘amén’ de nuestra oración personal y comunitaria envolverá y transformará toda nuestra vida, una vida de consolación de Dios, una vida inmersa en el Amor eterno e inquebrantable”, dijo el papa Benedicto XVI, al finalizar la catequesis de la audiencia del 30 de mayo de 2012.
