Se le celebra cada 17 de Julio, es el patrono de los mendigos, vagabundos y enfermos. Fue hijo de Fufemiano y Aglais de condición noble nacido en Roma y que habría de protagonizar acontecimientos que según la sabiduría del mundo serían tildados de locura.
En algún momento de su vida él escuchó estas palabras: “Todo el que dejara a su padre, a su madre, todas sus posesiones y campos, por amor a mi recibirá el céntuplo y poseerá la vida eterna” palabras de gran perturbación porque era rico, porque era guapo, porque era noble, porque tenía que dejarlo todo. Le costó mucho decidirse, pero al final lo hizo con la inocencia e ingenuidad de un niño que toma las palabras evangélicas al pie de la letra y adquiere el compromiso de ponerlas en práctica con la resolución de un héroe, ahora solo faltaba fijar el día y la hora.
Así fue corriendo el tiempo hasta que llegó el momento hasta el día de su boda con una joven de su mismo rango y virtuosa como él. La boda se celebró con gran boato en la Iglesia de S. Bonifacio, como correspondía a la condición de los contrayentes, todo era alegría y jolgorio en la ciudad, cuyas calles fueron sembradas de monedas para que los más pobres participaran también del acontecimiento.
Al suculento banquete asistió lo más granado de la nobleza romana. Cuando la fiesta había acabado y el personal comenzaba desfilar, Eufemiano se acerca a su hijo para decirle “Tu esposa te aguarda” Alejo entró en la cámara nupcial y fue entonces cuando se produjo lo inesperado. Había llegada la hora de poner en marcha una trascendental resolución.
Alejo desapareció de la escena, seguramente con la complicidad de su joven esposa y tomó rumbo a Siria hasta llegar a ciudad de Laodicea y posteriormente a Edesa, donde ya sin ningún recurso se vio obligado a vivir de la mendicidad y hete aquí que una mañana estando sentado en el pórtico del templo aparecieron unos peregrinos hablando un latín impecable, en realidad se trataba de unos esclavos y lo que Alejo pudo captar de su conversación es que andaban buscando al hijo de unos patricios romanos, que el día de su boda había desapareció dejándoles desolados. Los piadosos sentimientos filiales se agolparon en el corazón de Alejo y por su mente pasó la idea de volver a casa para poder estar cerca de sus padres que comenzaban a ser ya ancianos. Pensado y hecho.
Después de 17 años Alejo emprendía el viaje de regreso lleno de peripecias. Sus ojos volvían a ver las costas occidentales y su corazón se alegraba pensando que pronto podría estar en Roma. Una vez allí se dirigió por la pendiente del monte Aventino al palacio donde vivían sus padres, con la esperanza de que allí pudiera alojarse sin molestar a nadie. A las puertas llegó sin ser reconocido, porque las penurias pasadas le habían deformado el rostro. Alejo, que conocía bien los sentimientos caritativos de su padre le habló de esta manera “Recíbeme en tu casa para que el Señor bendiga tu vejez y se compadezca de tu hijo perdido”. No hizo falta más. Durante 17 años Alejo pudo alojarse en aquel guango debajo de la escalera, que él bien conocía. Allí rezó, allí vivió austeramente como un anacoreta, comiendo de las sobras que le traían los criados, aguantando todas las humillaciones que fuera menester, con una sonrisa en los labios y echándole paciencia.
