El Papa celebra en la Basílica de San Pedro la misa en memoria de su predecesor y de todos los cardenales y obispos fallecidos durante el año. En la homilía, el Pontífice habla del dolor y el escándalo ante la muerte de «un frágil» arrebatado «por una enfermedad o, peor aún, por la violencia de los hombres». Pero, añade, ante esto, la esperanza cristiana ayuda a mirar más allá: «No estemos tristes como los demás que no tienen esperanza».
León XIV habla de «esperanza» en la misa en memoria del Papa Francisco y de los ocho cardenales y 134 arzobispos y obispos fallecidos durante el último año. La esperanza cristiana, la esperanza «pascual» de la resurrección, la esperanza que no defrauda, que es don y gracia, que permite no desanimarse incluso ante la muerte de personas frágiles arrancadas de la vida por una enfermedad o por muertes trágicas o traumáticas, como las de niños o inocentes. Muertes «aterradoras», estas últimas, que Dios Padre no quiere y por las que «envió a su Hijo al mundo para liberarnos».
Solo Él puede llevar sobre sí y dentro de sí esta muerte corrupta sin ser corrupto. Solo Él tiene palabras de vida eterna —lo confesamos trepidantes aquí, cerca de la tumba de San Pedro— y estas palabras tienen el poder de reavivar la fe y la esperanza en nuestros corazones.
El Papa Francisco, testigo de la esperanza
Esta esperanza, el Papa Francisco y los cardenales y obispos fallecidos desde octubre de 2024 hasta hoy «la han vivido, testimoniado y enseñado». Que sus almas puedan «brillar como estrellas en el cielo», dice el Pontífice en la homilía, que comienza con un recuerdo propio de Francisco, a quien profesa «gran afecto».
Falleció después de abrir la Puerta Santa y de haber impartido a Roma y al mundo la bendición pascual. Gracias al Jubileo, esta celebración —la primera para mí— adquiere un sabor característico: el sabor de la esperanza cristiana.
