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Orígenes de la eucaristía católica

Por Staff Ora por nosotros

Cuentan que tras la Ruptura Protestante en el s. XVI, cuando Europa se volvió loca y utilizó el nombre de Jesús para matarse unos a otros (maquiavélicamente azuzados por los intereses políticos), en algunas zonas protestantes desenmascaraban a los sospechosos de catolicismo mediante “un truco” muy sencillo y eficaz. Les ponían una hostia consagrada delante y les pedían que la profanaran (escupiendo sobre ella o algo por el estilo). Si era un protestante lo haría sin problema, pero si era católico ni las amenazas de muerte lograrían hacerle profanar lo que él consideraba sin duda alguna el cuerpo de Jesús. Obviamente no todos tendrían el coraje de preferir la muerte a la profanación, pero el recurso era lo suficientemente eficaz como para ser usado en ocasiones contra los católicos.

En este artículo intentaremos ir aclarando el origen de algunos de los elementos más fundamentales de la Iglesia Católica, elementos que, en opinión de muchos protestantes, son corrupciones posteriores introducidas por el emperador Constantino. En concreto trataremos ahora sobre el origen de la creencia católica y ortodoxa de que el partir el pan no es simplemente un acto conmemorativo, sino que Jesús está real y verdaderamente presente en ese pan consagrado. ¿Nos ha llegado esta creencia de Constantino o ya estaba presente en la Iglesia Primitiva? Continuamos nuestra inmersión en la historia del cristianismo de los primeros siglos para descubrir las raíces de nuestra fe.

La Iglesia Católica afirma que el pan y el vino al ser consagrados se convierten en el cuerpo y sangre de Cristo, respectivamente, pese a que los dos elementos (pan y vino) conservan sus accidentes (color, olor, sabor, textura, etc). Esta conversión es llamada “transubstanciación” porque se definió según los conceptos filosófico-científicos aristotélicos del momento, aunque para nuestra mentalidad moderna sería probablemente más preciso un término como el de “transmutación”. Según los católicos esta creencia se remonta a los mismos orígenes de la Iglesia, recoge la tradición de la Iglesia Apostólica y es una revelación que proviene del propio Jesús cuando en la Última Cena profirió las siguientes palabras:

La Iglesia cree que todo Cristo, vivo y entero, con su cuerpo, su sangre, su alma y su divinidad, está presente en ella, de una forma verdadera, real y sustancial. Ciertamente esto es mucho creer, por tanto no es de extrañar que muchos cristianos acabaran abandonando tal creencia y acusando a la Iglesia Católica (o al emperador Constantino) de haberse inventado semejante “barbaridad”. Pero lo cierto es que hasta el siglo XVI esta creencia no fue claramente contestada.
POSTURA PROTESTANTE
Serán los protestantes, siglos después, quienes rechacen la transubstanciación alegando que ese concepto es una invención católica tardía fundamentada no en la Biblia, sino exclusivamente en la filosofía aristotélica y las nociones griegas de esencia y apariencia. Frente a esta creencia católica y ortodoxa los protestantes sí presentaron su propia innovación, basada en sus razonamientos y suposiciones, y ya desde el primer momento ofrecieron diversas creencias:

– Lutero creía que durante la consagración Jesús se unía al pan y al vino, pero después esa presencia se retiraba otra vez, de forma que el pan y el vino se podían tirar a la basura sin ningún problema.

– Calvino es aún más difuso, admite cierta presencia espiritual durante la celebración de la cena, pero más debido a la fe del creyente que al hecho de que Jesús bajase realmente al pan (de todas formas modificó sus opiniones sobre la eucaristía en varias ocasiones durante su vida).

– Los anabaptistas creen que en la celebración de la Cena el pan y el vino son cuerpo y sangre de Cristo pero en el sentido de que toda la comunidad de cristianos es el cuerpo místico de Cristo, y al compartir todos la misma comida están compartiendo ese cuerpo místico que está formado por la comunidad entera.

– Otros sectores apoyaban ya entonces la opinión que es hoy la mayoritaria entre las diferentes denominaciones protestantes y paraprotestantes: la celebración de la cena del Señor no es más que un acto de recuerdo de aquella Última Cena de Jesús antes de su muerte. No hay nada en el pan y el vino que les haga especial más allá de su poder de evocación mental, del mismo modo que una cruz evoca la muerte y/o la salvación de Jesús pero no tiene nada de especial por sí misma.

El antecedente de todas estas ideas protestantes habría que buscarlo en los cátaros medievales que habitaban sobre todo en el Languedoc francés (siglos X-XII). Los cátaros en esto, como en todo, no tenían un credo compacto, sino que tenían un conjunto de creencias diversas e incluso contradictorias cuyo principal elemento común y aglutinador era el oponerse a la ortodoxia de la Iglesia oficial. Algunos creían que el partir el pan era solo un memorial y algunos otros sí creían que Jesús convirtió el pan en su cuerpo y el vino en su sangre, tal como dicen sus palabras en el Nuevo Testamento, pero negaban que los sacerdotes tuvieran el poder de reproducir ese milagro, por lo tanto según ellos la transubstanciación solo se produjo una vez, durante la Última Cena, y a partir de entonces lo único que podemos hacer es recordar ese milagro, pero no reproducirlo.

ORIGEN DE LA DOCTRINA

Ante la negación protestante, la Iglesia Católica reafirma la creencia en la presencia real de Jesús en la Eucaristía durante el Concilio de Trento en el siglo XVI:

Mas por cuanto dijo Jesucristo nuestro Redentor, que era verdaderamente su cuerpo lo que ofrecía bajo la especie de pan, ha creído por lo mismo perpetuamente la Iglesia de Dios, y lo mismo declara ahora de nuevo este mismo santo Concilio, que por la consagración del pan y del vino, se convierte toda la substancia del pan en la substancia del cuerpo de nuestro Señor Jesucristo, y toda la substancia del vino en la substancia de su sangre, cuya conversión ha llamado oportuna y propiamente Transubstanciación la santa Iglesia católica. (Concilio de Trento. CAP. IV. De la Transubstanciación, 1640)

Quienes afirman que este dogma “se inventó” en Trento (s. XVII), o que fue una idea de Santo Tomás de Aquino (s. XIII) no pueden disculpar su ignorancia escudándose en su protestantismo o ateísmo sino simplemente en su falta de información. La Iglesia Ortodoxa se separó en el 1054 así que lo que dijera Trento o Santo Tomás no le afectó en absoluto pero creen, igual que nosotros, en la presencia real de Jesús.

Otros, un poquito más informados, afirman que tal idea surgió antes, en el Concilio de Letrán. Al menos aquí hay algo cierto, la transubstanciación fue declarada dogma en ese concilio:

El cuerpo y la sangre están contenidos verdaderamente en el sacramento del altar, bajo las formas del pan y el vino, el pan y el vino de haber sido transubstancian, por el poder de Dios, en su cuerpo y sangre. (IV Concilio de Letrán, 1215)

Pero esta declaración dogmatica no supone ninguna innovación ni ruptura con la tradición común que también los ortodoxos conservaban, simplemente intenta atajar algunas disputas que surgían sobre si el pan y el vino realmente se transformaban en el cuerpo y la sangre de Cristo o simplemente el cuerpo de Jesús se unía de alguna forma a esas sustancias materiales. La declaración laterana lo que reafirma es la creencia tradicional heredada por la Iglesia. Y así unos sitúan la supuesta invención de la doctrina de la transubstanciación en un momento o en otro, más ninguno se atreve a traspasar el lumbral de Nicea (año 325), pues la mayoría de los protestantes consideran que más allá de Nicea (y del emperador Constantino) está la verdadera Iglesia de Jesús, y esa iglesia cristiana no estaba aún contaminada por las herejías católicas. Por este motivo vamos a meternos ya de lleno en lo que creían los cristianos en los siglos anteriores a Nicea, lo que llamamos la

Primitiva. Si estos primeros cristianos creían en la presencia real de Jesús en la eucaristía, entonces no tiene sentido seguir diciendo que tal doctrina es una invención de la Iglesia Católica de la época de Constantino o de siglos posteriores.

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