La familia es lo más importante que tenemos en esta tierra. Rezar por la familia significa confiar nuestros seres queridos al Señor. Todos deseamos lo mejor para nuestros hijos, nuestros padres, para preservarles del mal y para que tengan la fuerza para pasar por las pruebas. Para esto, qué mejor protección que ponerlos bajo el amor y la misericordia de Dios.
Vivir la fe concretamente en el hogar implica para los esposos tener momentos de oración juntos, vivir juntos los sacramentos, especialmente la misa dominical, que debe convertirse en un verdadero rito conyugal y familiar: debe hacerse habitualmente a dos y con los hijos.
Esta piedad común en la oración y la eucaristía alimenta la fe personal y fortalece la propia relación conyugal: “Una pareja que reza junta permanece unida”, decían los cónyuges ancianos.
No hay necesidad de largas oraciones o de ostentación en la práctica religiosa en general. Las oraciones de la iglesia, hechas con devoción y constancia,, suelen ser suficientes; simples actos de piedad como bendecir la comida consuelan la presencia del Señor en el hogar.
También se puede destacar la lectura compartida y la meditación de la Palabra de Dios. Esta es una gran ocasión para la comunión familiar en torno a Cristo presente a través de su Palabra. De hecho, no hay duda de que en esos momentos Él mismo proclama su Evangelio a la familia reunida en su nombre.
